Julián del Casal de José Manuel Poveda

Poema “Julián del Casal”

(Canto élego.)

Grave campanero, nocturno mastín funerario
que atisbas el Tránsito al brillo de tu lampadario,
y doblas tus dobles con lento ademán:
dime si le viste, y dime a que oscura ribera
fué el dulce poeta precito en su marcha postrera,
Cerbero que espías a los que se van.

Aquel heresiarca fué todo de pétalo y cántico;
bardo decadente, llevó un dulce nombre romántico;
cantó en loas del bien sonatinas del mal;
loco de tristeza gimió su pesar taciturno,
flamínea en su frente la lívida luz de Saturno,
rapsoda del propio relato fatal.

Niño alucinado, previo que se iría temprano,
e indolentemente tendió hacia la sombra su mano,
cual vaso vacío del escanciador.
Murió para el gozo, que artero un callado verdugo
le puso en el vaso, tal como a los magos de Hugo,
perenne brebaje de angustia y rencor.

Le halló la alborada tallando en zafiro el espacio,
lanzando sus hojas marchitas al viento despacio,
puliendo en facetas su desilusión;
fogoso y doliente, con fuego y dolores del trópico,
torvo e intranquilo, debajo de su credo utópico,
y con sed de vicios en el corazón.

Mas vino la tarde. Nevaba, y un lírico anhelo
llevóle a otra senda, bajo otro mirífico cielo,
sobre una gran cumbre de Serenidad.
Vió egregias visiones: a Saulo en el santo camino,
y al bardo del Lacio, gozando su infausto destino,
con indefinible voluptuosidad.

Y al fin fué la noche. Satán murmuró su trisagio
y dijo el ritual. Baudelaire en monótono adagio
cantó las antífonas turbias del mal;
Volupta fué diosa; Tristeza fué goce y demencia;
fué cuerda quebrada de orgasmo y de luto Juvencia;
Saturno vertía su lumbre letal.

Abrióse una tumba. Cayó como cae una estrella
en el infinito, sin más oblación ni otra huella
que lívida estela de efímera luz.
Divino blasfemo para el que fué odiosa Natura,
no pudo en el vago Moriah donde halló sepultura
crecer una flor ni elevarse una cruz.

Grave campanero, nocturno mastín funerario
que atisbas el Tránsito al brillo de tu lampadario,
y doblas tus dobles con lento ademán:
dime si le viste, y dime a qué oscura ribera
fué el dulce poeta precito en su marcha postrera,
Cerbero que espías a los que se van.

 

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