La trama del tapiz de Alfonso Hernández Catá

Artículo “La trama del tapiz”
En: Social (abril de 1919)

Has pensado algunas veces, lector, al salir del teatro, en la vida de aquellos que acababan de encarnar para tu placer la comedia o drama imaginada por el poeta? Tal vez hayas visto actores en la calle, en alguna fiesta de caridad, agrupados en torno del mármol de uno de esos
cafés rumorosos y llenos de humo a donde gustan prolongar sus interminables discusiones y su vida falta de aire libre; estoy seguro de que el mecanismo de existencia social, de existencia económica de esos hombres y esas mujeres que, según los azares de las distribuciones de papeles son tan pronto príncipes y damas como gentes de condición ínfima no te ha preocupado más de cinco minutos. Si acaso habrás oído hablar o leído algo acerca de los primates, de aquellos que tras subir uno a uno los peldaños de privación y estudio, o de un salto, escalan la cima y se contagian en cierto modo del carácter de protagonistas que representan siempre en las obras; pero los otros, los segundones, los humildes, los que siendo tan necesarios tienen nombres que no se recuerdan, vulgares fisonomías borradas bajo el colorete y no reproducidas por la prensa ilustrada, esos, lector, confiesa que no han entrado nunca en tus meditaciones. Y con ser tan absurda la idea de que al acabar la representación el empresario los doble cuidadosamente y los encierre en una caja hasta el nuevo espectáculo, estaría más cerca de tu ideología que el suponer que esos actores viven, se esfuerzan, se rompen las alas contra los obstáculos de un vivir duro, y en su mayor parte sueñan despiertos con realizar una creación que te maraville en un papel que, casi de seguro, no les repartirán jamás.

Y conjuntamente con esta vida del ensueño donde hay su grano de vanidad, bastardo e inevitable propulsor de todos los artistas, hay otra vida para ellos terrible, terrible e insegura. En ese aspecto bien merecen calzar el coturno de la tragedia; los que menos hablen en las tablas tienen silencios henchidos de amarguras, oyen cada noche aplausos que no son para ellos; ven cada noche el esplendor de la sala magnífica de lujo y van luego a sus viviendas obscuras, sórdidas; sus vidas distribuidas de manera cruel no les consiente dedicar tiempo al recreo propio ni educar sus hijos si los tienen, ni apenas vivir en el hogar una de esas escenas de amor inefable o apasionado cuyas palabras, sin la monotonía de la repetición, caerían en sus oídos como algo tentálico. ¡Oh, los ensayos largos, tediosos, las esperas de horas para decir una sola palabra en una sola escena, los corrillos murmuradores en la penumbra del escenario, mientras fuera hay sol tibio, paseos orillados de árboles, fuentes, risas francas!

¿ Y esto es todo, diréis? No. Esto no es todo; y esto tal vez sería para ellos sólo dulce tristeza sin las zozobras de una situación económica que une la estrechez a la incertidumbre. En las temporadas adversas pueden muy bien quedarse sin cobrar, y en las fructíferas cobran cada día un sueldo mezquino mientras en las arcas del empresario suben los montones. Y ese mismo empresario, no se creerá obligado en la temporada siguiente a conservar los factores humildes de su pingüe negocio: los cambiará, les disminuirá la retribución, porque nada lo fuerza a proceder de otro modo a no ser esa cosa clástica y rara que se llama conciencia.

Suponed un duro de sueldo, dos, tres a lo más. Con economía, diréis, puede el actor arreglarse; pero… ¿Cómo introducir la economía, deidad que ha de marchar para no caer en los rectos rieles del orden, si la organización de los espectáculos en España los obliga a llevar una vida desordenada? En las casas de los pobres y en los largos inviernos, el amor es casi un sistema de calefacción, así es que esos actores de siete y ocho pesetas que no pueden ir a diario a tertulias de café ni reunirse con un núcleo de admiradores al terminar el espectáculo, suelen ser prolíficos. Unid a eso que un día, el “mejor” día, es preciso que aquel personaje que no habla saque a escena un traje de buen gusto, un traje de esos que cuestan, aun en el bazar, sus quince o veinte días de trabajo. El autor se lo dice al cómico de una manera protectora y confidencial, dejándole entrever la probabilidad de compensarle del dispendio con un papelito en la obra próxima. ¿Cómo resistir? Así las deudas vienen, es inevitable mentir al casero, a la hostelera, al sastre, a todo el mundo que pueda fiar algo; las preocupaciones de orden material van aguando los entusiasmos, imprimiendo a sus movimientos y palabras ese profesionalismo que envilece las artes. Y por si esto no fuese suficiente aun, el temor de que en cuanto el público deje de acudir unas cuantas noches, el empresario empiece a rascarse la cabeza y otro día —peor aun que el del traje— le diga después de pagarle las pocas pesetas de la nómina: “Yo lo siento mucho, fulano, pero ya usted ve, pierdo un dineral, tengo que prescindir”… Y entonces a empeñar el traje nuevo y los viejos, a espiar tras las vidrieras opacas de escarcha de algún café a que salga un compañero pudiente, a esperar en la calle de Sevilla el contrato de ocasión para provincias: funciones en ciudades que si son agradables no llega a percibirse el agrado en fuerza de inestabilidad, en pueblos donde, muchas veces, precisa recurrir a ardides de novela picaresca para escapar a las iras de una patrona, mientras el empresario que los burló regresa a Madrid en su compartimento de primera clase… ¡Cuántas anécdotas graciosas en la superficie y hondas y llenas de dolores se podrían contar!

Vicios son estos de organización que pueden corregirse de golpe. Cien veces se ha hablado de crear un teatro nacional, al modo de la Comedia Francesa; esto no parece hacedero aun. Y sin embargo, cuanto se ha hecho y es mucho por el ennoblecimiento del arte escénico, obra exclusiva ha sido de los actores. Las costumbres plebeyas, las reuniones tabernarias, desaparecen poco a poco, los gustos se afinan, el nivel cultural asciende; ya son muchos los hombres que dejan las disciplinas universitarias para subir al viejo tinglado de Juan de la Encina, y muchas las muchachas que abandonan el regalo familiar por seguir la vocación escénica. La sociedad de actores se esfuerza con inteligencia, con constancia, por favorecer estas mejoras; y el hecho que sugiere las anteriores líneas parece traer, al fin, para los artistas dramáticos, la certeza de que sus servicios serán regulados por contratos que tendrán la validez de otro contrato comercial cualquiera. Ya era hora.

Contratos existían alguna vez, mas contratos platónicos, papel baldido vulnerado por ambas partes y que sólo se relacionaba con los actores de categoría, es decir, con los que menos riesgos tienen de sufrir las vicisitudes de un largo y forzoso descanso. El documento presentado ante la comisión del Senado encargada de estudiar el proyecto de ley sobre contratos de trabajo, va firmado por los señores Nadal y Soler, actores; presidente y secretario de la benemérita sociedad. Mas a los actores por buenos que sean, no les gusta prescindir del apuntador, y esta vez han ido a buscar uno ilustre: don Jacinto Benavente. El énfasis elegante que campea en los prólogos de “La noche del sábado”, “Los intereses creados” y “La ciudad alegre y confiada”, tiene eco en este documento rico en razones y perfumado de emoción… “Los cómicos quieren redimirse —dice entre otras bellísimas y justísimas cosas. No son los que eran cuando para simular aristocracias tenían que elevarse sobre el coturno de Frinicio y Pratinas… Los actores son gentes que ceden su corazón para que sirvan de puentes entre el corazón de los poetas y el corazón de las muchedumbres… Menos felices y menos atendidos que los obreros manuales ocultan sus penas con un resignado decoro y tienen el buen gusto de no hacer en la vida la mueca trágica de la escena”. Quizás estas fuertes palabras por ir tan impregnadas de poesía, parezcan a los señores de esa comisión senatorial cosa bonita, cosa vaga; quizás por eso también el gran escritor que ha querido hablar una vez en nombre de los actores que tantas veces hablaron por él, finaliza el magnífico documento con estas frases admirables, en cuyo fondo tiembla una acusación que pide ser inmediatamente reparada: “Los actores —concluye— tienen la conciencia de su actuación en la vida y porque la tienen acuden a que se les incluya en los beneficios de la ley sobre contratos de trabajo seguros de que merecen esa merced porque son obreros que laboran obscuramente por el bien de la patria, porque son obreros a quienes España debe alguna gratitud: la gratitud por lo menos de haber enseñado a sentir a los millones de españoles a quienes el maestro no ha enseñado a leer.”

Y sin duda muchos actores, sobre todo aquellos cuyo nombre no se recuerda y cuya fisonomía no vemos jamás en los periódicos ilustrados, habrán sentido, al oírse apuntar el drama de su propia vida, ese escalofrío de la emoción que desde hacía mucho tiempo el teatro no les daba ya.

Madrid, 1919.

 

 

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